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Voluntarios para amenizar la estancia de los niños en el hospital

Valentina tiene dos años y está ingresada en una planta de oncología del Hospital Niño Jesús. Las cosquillas y carantoñas de su padre parecen ser lo único que le hace reír y el temor a los pinchazos acecha en su mirada. Por su edad, diferencia entre los rostros desconocidos “buenos” y “malos”. Los malos son los médicos, que entran en su habitación de hospital para pincharle; los buenos, los jóvenes que llevan en sus bolsas nuevos peluches con los que hacer compañía a su amigo Pelusa. “Hay tantas organizaciones y tantos voluntarios que nunca está sola. Siempre hay gente llenando la habitación de color”, cuenta su madre.

Cada año se diagnostican en España 1. 296 casos de cáncer infantil. Casi 1.300 padres reciben la noticia de que su hijo tiene cáncer. La leucemia, el linfoma, el cáncer cerebral y tumores sólidos como el neuroblastoma y el tumor de Wills son los tipos de cáncer más comunes entre los 0 y 14 años de edad. A pesar de los avances en investigación y el desarrollo de nuevas curas, esta enfermedad sigue siendo la segunda causa de muerte en menores de catorce años y, por ella, niños como Valentina comienzan una nueva vida entre las paredes de un hospital. 

Valentina

Las flores amarillas de la entrada anuncian la decoración que adorna las paredes y los pasillos del centro médico. Hojas verdes, pájaros, ardillas, relojes de cuco y helados llenan de color cada una de las salas de oncología, convirtiendo la estancia hospitalaria en toda una experiencia sensorial para los niños. 

Se ha demostrado que el juego favorece la recuperación de los pacientes oncológicos. El juego cura. En un estudio que se llevó a cabo en el Hospital La Paz, se concluye que el uso de videojuegos genera un 14% menos de dolor y reduce un 20% la necesidad diaria de morfina. Pero a Juegaterapia no se le escapa detalle y ha descubierto que si se acompaña el juego con la humanización del hospital, la estancia de los pequeños y sus familias, incluso la del personal sanitario, es mucho más llevadera. “Si los peques no pueden ir al parque, el parque irá a ellos”, aseguran en la ONG. 

Cada año se diagnostican en España 1. 296 casos de cáncer infantil

Pero ¿en qué consiste la humanización? Humanizar es construir espacios atendiendo al bienestar emocional de quienes los usan. Toda la decoración del Hospital Niño Jesús es obra de Juegaterapia. Anteriormente, la oscuridad, las cunas de hierro de hace cincuenta años y las paredes blancas y grises rellenaban los pasillos del centro.  “Las salas eran cochambrosas -dice Laura, voluntaria de Juegaterapia y los armarios donde guardábamos las cosas se caían”. Ahora, aunque hay que solucionar pequeños detalles como el establecimiento de una conexión fuerte de wifi y los mandos de la play, el Hospital Niño Jesús no es ese lugar lúgubre que un día fue. 

Entre sus instalaciones, cuenta con una sala de cine, un teatro y un jardín. Sin embargo, no es la ornamentación lo único que contribuye a que los más pequeños vivan su enfermedad con más juego y menos miedo. Para la gran mayoría, lo mejor de su estancia en el centro es el amor que reciben de esas personas que se disfrazan, bailan, cantan y juegan con ellos: los voluntarios.

João es voluntario desde el año 2019. Ha colaborado con varias asociaciones y ahora se plantea formar parte del equipo de Juegaterapia. Ha conocido la organización a través de su pareja, quien le ha encandilado con su experiencia. Ella le propuso una visita juntos al hospital y desde que fueron se quedó con una idea en la cabeza: “Ser voluntario es una tarea gratificante, pero en estos contextos es admirable”, afirma João.

Cuando los voluntarios se aproximaron a la camilla de Valentina, su mirada era el retrato del miedo, buscaba socorro aceleradamente en el brazo de su madre y no lo soltó hasta que los tres invitados le enseñaron los juguetes. “Pensaba que le ibais a pinchar”, explica la madre mientras la pequeña juega tímidamente con su tablet rosa. 

Las pertenencias de una niña que ya no puede jugar en el parque del Retiro están esparcidas por la camilla: piezas de un puzle de animales; Pelusa, su cebra de peluche y el perro Marroncete. 

Sus grandes ojos azules se cierran vergonzosamente cuando siente que toda la atención se vuelca en ella. Su madre le acaricia el pelo rubio recogido en dos coletas con coleteros color naranja. “¿Cuál es tu color favorito, Valentina?”, le preguntan. “El naranja”, responde con la boca tapada con la mano. Entre el camisón azul del hospital que viste se entrevé un espacio desnudo, su espalda, cubierto por una gran cicatriz. 

Pero si hay algo que sorprende especialmente a los voluntarios cada vez que entran en estas habitaciones de hospital es la fortaleza de los padres. “Todos los que he visto actúan como si no supieran dónde se encuentran ni por qué”, dice Laura.

“La quimio, jugando, se pasa volando”

Para los padres, los voluntarios también son un apoyo fundamental. Algunos se desahogan cuando sus hijos se van al baño o les atienden los enfermeros, les explican el tipo de cáncer que padecen y les cuentan la dureza de la situación. “Son auténticos superhéroes”, asegura Laura. A este procedimiento se le denomina técnica de escucha. Es una terapia dirigida al entorno familiar ya que de su actitud y reacciones dependerá también el éxito del tratamiento.  “Juegaterapia es una asociación que está ahí, se ve”, dice la madre de Alejandra mientras los voluntarios aplican a la niña una cura indolora: inyecciones de abrazos y amor. Estas no le dan miedo. 

En Juegaterapia lo tienen claro: “La quimio jugando, se pasa volando”. Fátima, Laura, Paloma, Javier y Silvia son parte de ese equipo solidario. Sus historias personales, familiarizadas con la enfermedad, les impulsaron a seguir el camino de colaboración contra el cáncer y ahora coinciden en que esas motivaciones que les unieron les han ayudado a agradecer más cada día y mimar a niños que están en las salas de un hospital. “Yo me llevo la importancia de cuidar y valorar lo que realmente merece la pena en la vida: la familia y el amor hacia el otro desinteresadamente”, comenta Fátima. “Hay que aprender a tolerar el sufrimiento. Es muy duro, pero me quedo con la sonrisa de los niños, especialmente la de Hope, una niña que, a pesar de estar muy grave en la UCI, siempre nos recibía llena de vitalidad e ilusión”, asegura Laura.

Alex

Unos voluntarios se dirigen al mostrador cargados de bolsas amarillas y preguntan por los cuartos a los que pueden acceder para sortear aquellos en los que la enfermedad ha creado sus barreras. Un estruendoso “sí” se oye al otro lado del cuarto de Alex. “Que pasen, que pasen por favor. Queremos jugar”, exclaman Alex y su hermano pequeño, Ibraín, con un deje canario. Cuando los voluntarios entran en el cuarto, un niño con unos cables unidos a una máquina que recuerda a un televisor antiguo se levanta enérgico. La ducha planeada para esa hora pasa a un segundo plano y la hiperactividad de Ibraín se convierte en calma cuando una de las voluntarias le regala una libreta de los Croods. 

“¡Ahí va! Muchas gracias, es una de mis pelis favoritas”, dice el pequeño. “Hala, tiene colores también”, exclama Ibraín entre saltos. Sin más preámbulos, Alex pide jugar a las películas. Este gran cinéfilo acierta todos y cada uno de los filmes. El juego consiste en hacer gestos para que los demás participantes adivinen de qué película se trata. Después de Star Wars, Luca por dos veces consecutivas y Mario Bross, es el turno del padre, quien ríe estrepitosamente junto a su mujer. Ella se cubre los pies con las zapatillas de estar por casa de su hijo, decoradas con ilustraciones de Bob Esponja, porque ese cuarto de hospital es ahora su casa. 

La vitalidad, la inocencia y el amor que desprenden los niños en el hospital Niño Jesús asombra a los voluntarios. “Parece que son ellos los que hacen el trabajo de animarte a ti, siempre nos reciben con una sonrisa”, comenta Paloma. 

Mateo recorre los pasillos con esa mirada característica de los que están comenzando a descubrir el mundo. A su alrededor, contempla las paredes adornadas de verde pistacho, pinturas de plantas y un banco circular con un árbol de cartón en el centro. Se tambalea, quiere andar más rápido de lo que sus piernas le permiten, por lo que su abuelo le sostiene de la mano. Saluda a las voluntarias con la mano mientras sonríe, ajeno a los sentimientos de ternura generalizados que ha provocado. 

Valentina recibe el calor que le ofrecen esos voluntarios como pan recién salido del horno. Con un hilo de voz le pide a uno de ellos que mire lo que está viendo en su tablet. Una vez que ha comprendido que no le quieren pinchar, ya son de los buenos.

Diferentes, como los colores

Valentina teme a los payasos que van a su cuarto. Son voluntarios disfrazados, pero ella solo sabe que no le gustan. El sitio favorito de Alex en el hospital es la sala de cine. En cambio, para Jesús, el momento especial de la semana es la llegada de Paloma porque eso significa que verán juntos fotos y vídeos de su perro. “Mis padres me han prometido uno cuando me cure”, le Jesús a la coordinadora. Cada uno de estos niños tiene sus propios deseos, anhelos, sueños y miedos. Cada uno es diferente, como los colores.

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